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martes, 12 de mayo de 2026

"No se lo digas a nadie": El enemies to lovers de Laura Edith Corral que desafía al poder

LAURA EDITH CORRAL EN AMAZON Y KINDLE

Buscas una historia de amor prohibido, rivalidades políticas y secretos que queman? Prepárate para sumergirte en la última obra de Laura Edith Corral. "No se lo digas a nadie" no es solo una novela; es un incendio silencioso que te atrapará de principio a fin.

Argumento: Un amor nacido entre líneas enemigas

En un mundo donde las apariencias lo son todo, Santiago Medrano y Gonzalo Zavaleta están condenados a odiarse. Sus familias, los Medrano y los Zavaleta, representan polos opuestos del poder político y mantienen una rivalidad encarnizada que ha traspasado generaciones.

Santiago es el hijo ejemplar del senador conservador Emilio Medrano, criado entre "militarismos y sotanas". Gonzalo, por su parte, es el heredero del carismático líder de la oposición, Julio Zavaleta. Obligados a ser rivales públicos en la universidad y ante la prensa, ambos ocultan una verdad que podría destruir los cimientos de sus mundos: un vínculo inquebrantable que nació en su infancia y un deseo prohibido que se niega a morir.

—¿Otra vez con lo mismo, Gonzalo? —preguntó el padre, cruzando los brazos.

—¿Cuándo voy a poder vivir mi vida sin tener que pensar en la puta imagen del partido? —explotó Gonzalo, algo que jamás hacía delante de su padre.

Silencio. Teresa se llevó la mano al pecho, alarmada.  Julio, en cambio, soltó una carcajada seca.

—¿Te parece que esto es gracioso? —quiso saber su hijo, indignado.

—No, hijo. Me parece que estás creciendo, por fin. — Julio se acercó y le puso una mano en el hombro—. Pero déjame decirte algo: la imagen del partido es la de esta familia. Y nosotros jamás nos rendimos. ¿Entendido? Mañana tienes que salir en esa foto con Santiago Medrano. Y quiero que sonrías como si fuera tu mejor amigo. ¿Queda claro?

—Esta bien —mintió Gonzalo.

— Ahora discúlpame, tengo que preparar un discurso.

 Julio se retiró con la misma elegancia con la que entraba a los debates en el Congreso, dejando a su hijo sumido en una frustración que le hervía por dentro.

Gonzalo salió al jardín trasero. La noche estaba despejada y las estrellas titilaban sobre su cabeza como pequeños testigos de su derrota existencial. Caminó hasta el límite de la propiedad, justo donde comenzaba el césped de los Medrano, y allí se detuvo. Alzó la vista y vio la silueta de Santiago detrás de la ventana de su sala.

—¿También estás harto, vecino? —musitó para sí mismo.

Sintió un cosquilleo extraño en el estómago, como si su cuerpo reaccionara de una forma que su mente aún no estaba lista para procesar. Porque, en el fondo de su ser, Gonzalo Zavaleta sabía que no odiaba a Santiago Medrano. Al menos, no por las razones que su padre creía.


A la mañana siguiente, el jardín que separaba ambas mansiones se convirtió en un set de filmación improvisado.

Fotógrafos, periodistas y asistentes de ambos partidos pululaban alrededor de una mesa blanca sobre la que descansaban dos vasos de jugo de naranja (recién exprimido, ordenó el protocolo) y una bandeja de masas que nadie iba a comer.

Santiago llegó primero, impecable con su traje azul marino y su corbata gris plata. El cabello perfectamente peinado hacia atrás, la sonrisa medida, el saludo cordial pero distante. Congratuló a los periodistas con un apretón de manos quirúrgico.

—Señores, gracias por venir. Espero que esta sea una nota constructiva, alejada de la división que tanto daño le hace al país. —Su voz era pausada, entrenada.

—¿Habrá un mensaje conjunto con Gonzalo Zavaleta? —preguntó una cronista desde la primera fila.

Santiago dudó un segundo. Su padre le había ordenado no prometer nada.

—Veremos. Gonzalo y yo... tenemos una relación respetuosa. —Fue todo lo que dijo.

En ese momento, la puerta de la mansión de los Zavaleta se abrió y apareció Gonzalo. A diferencia de Santiago, él vestía un saco cruzado, sin corbata, el cabello castaño algo rebelde y una barba de dos días que le daba un aire despreocupado que sus asesores de imagen odiaban pero que al público le encantaba.

Caminó hacia la mesa con paso firme y, al llegar, extendió la mano.

—Santiago, ¿cómo estás, hermano? —dijo con una sonrisa tan amplia que dolía.

—Muy bien, Gonzalo. Me alegra verte —respondió Santiago, estrechándole la mano con firmeza.

Ambos sostuvieron la mirada un segundo de más. En ese breve instante, ninguno de los dos fingió. Los ojos de Santiago dijeron "lo siento", y los de Gonzalo respondieron "yo también".

Los flashes estallaron. Las cámaras grabaron el apretón de manos. Los periodistas murmuraban sobre "la nueva generación de la política, unida por el diálogo".

Qué ironía.

Se sentaron uno frente al otro, separados por apenas un metro de mantel blanco. Las preguntas llovieron: ¿qué opinaban de la última ley de educación?, ¿cómo veían el futuro económico del país?, ¿existía la posibilidad de un acuerdo entre sus padres?

Santiago respondía con la seriedad de un fiscal. Gonzalo, con la soltura de un líder popular.

—No todo es antagonismo —dijo Gonzalo en un momento dado, mirando directamente a Santiago—. A veces, dos personas de familias opuestas pueden encontrar puntos en común. ¿No crees, Santi?

Ese "Santi" cayó como una cachetada. Nadie lo llamaba así. Solo su madre, cuando era niño. Y Gonzalo lo sabía.

—Siempre he creído en el diálogo —respondió Santiago, desviando la mirada—. Pero también en los principios. Y hay cosas que no se negocian.

—Como el odio heredado, por ejemplo —soltó Gonzalo con una sonrisa pícara.

Los periodistas enmudecieron. Alguien tosió. Un asistente de prensa de los Medrano hizo una seña desesperada.

Santiago apretó la mandíbula. Luego, forzó una carcajada.

—Gonzalo siempre tan directo. Por eso le tengo... respeto.

—¿Solo respeto? —insistió el otro, inclinándose ligeramente hacia adelante.

—Sea lo que sea —dijo Santiago, levantando su vaso de jugo—. Por los buenos modales.

—Por fingir que nos soportamos —remató Gonzalo, chocando su vaso contra el de Santiago con un tintineo que sonó a sentencia.

Los fotógrafos captaron la imagen. Otro titular más: "Rivales brindan por la unidad". Qué farsa.

Cuando la entrevista terminó y los periodistas se retiraron, ambos jóvenes se quedaron solos frente a la mesa vacía. Los asistentes recogían el equipo a unos metros.

—Fuiste creíble —dijo Gonzalo, sin mirarlo.

—Tú también —respondió Santiago, con la misma frialdad.

—¿Cuánto tiempo más vamos a seguir con esta mierda?

—Toda la vida, supongo."

Los Protagonistas: Dos almas, un mismo secreto

  • Santiago Medrano: Un joven de mirada acero y porte impecable que vive asfixiado por las expectativas de su padre. Detrás de su fachada de futuro abogado y prometido perfecto, se esconde un hombre que solo anhela la libertad de ser él mismo.

  • Gonzalo Zavaleta: Despreocupado, rebelde y carismático. Aunque ante las cámaras es el némesis de Santiago, en la intimidad es el único que conoce la verdadera esencia del "hijo perfecto".

¿Por qué leerlo? (Recomendaciones)

  • Trope "Enemies to Lovers": Una ejecución magistral de la tensión entre rivales que, en el fondo, no pueden dejar de buscarse.

  • Crítica Social: El libro explora con crudeza la presión familiar, el peso del apellido y la hipocresía de las altas esferas políticas.

  • Emoción a Flor de Piel: La pluma de Laura Edith Corral logra que sientas cada "latido escondido" y cada "dolor de no poder amarse libremente".

Críticas Destacadas

"Una historia que te rompe el corazón para luego reconstruirlo. La tensión entre Santiago y Gonzalo es palpable en cada página."

"Más que un romance, es un viaje hacia la identidad y la valentía de elegir la felicidad propia por encima del deber."

Dónde conseguirlo

Puedes adquirir "No se lo digas a nadie" y explorar más obras de la autora en:


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